Un trabajo español que ha implicado a 25 hospitales públicos y 4.140
personas ha identificado un factor de riesgo esencial para el infarto,
llamado lipoproteína-a (LPA). La investigación está dirigida sobre todo a
los afectados por una enfermedad hereditaria llamada
hipercolesterolemia familiar, que afecta a 100.000 españoles y
constituye el principal factor genético de infarto. Pero las
conclusiones afectan también a otras personas de riesgo, como las que
tienen antecedentes familiares de infarto prematuro, por lo que los
científicos aconsejan medir la LPA a toda esa población. Las ventajas
serían cuantiosas, porque hay fármacos en desarrollo que reducen ese
peligro.
El infarto sigue siendo el gran verdugo de las sociedades
occidentales, por encima de todos los cánceres juntos, y como parte de
su riesgo se debe a la nutrición y el estilo de vida, los países en
desarrollo están importando esa pauta de mortalidad con indisimulada
gula. El persistente incremento de la esperanza de vida en los países
desarrollados –un par de años por década— se debe sobre todo a la mejora
de los tratamientos a los infartados, que son caros e ineficaces, pues
rara vez devuelven su antigua calidad de vida a los pacientes. La
opinión unánime de la comunidad científica es que hay que apostar por la
prevención.

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